viernes, 02 de enero de 2009
Autor:Carlos Mora Vanegas
Dentro de los grandes compositores de la opera sin duda alguna esta
Gaspare Spontini. Sin duda alguna, durante las primeras dos décadas del
siglo XIX, fue una de las figuras más importantes de la ópera seria
francesa. Sus obras más exitosas y acabadas son las óperas Fernand
Cortez y La Vestale.
Spontini nació el 14 de Noviembre del 1774 en el pequeño pueblo
"marchigiano" de Maiolati, cerca de Jesi, posteriormente renombrado
Maiolati Spontini. Su familia era campesina, sin embargo su tío le
trasmitió una educación elemental, con la esperanza de que llegase a
ser cura. También recibió lecciones de música.
En enero 1793, fue admitido en el Conservatorio della Pietà de'
Turchini en Nàpoles, donde estudió contrapunto y composición. En 1796,
creo su primera opera, aún conocida, I Puntigli delle Donne, con motivo
de la invitación del director del Teatro della Pallacorda en Roma, la
cual tuvo gran éxito. En los años que siguieron, compuso otras òperas
para los teatros de Nàpoles, Venecia y Florencia, antes de reemplazar a
Cimarosa como maestro de capilla en la Corte de Palermo en el 1800. En
el mismo año escribió al menos tres operas.
El clima, sin embargo, afectó su salud obligándolo a partir. Nunca màs, le tuvo una inspiración artìstica tan fuerte y fluida.
Viajò a Parìs en 1803, pero, no obstante el inicial exito, su suave
estilo napolitano no gustò al publicó parisino. Compuso La Vestale, con
la colaboraciòn del libretista, Ètienne Jouy. Con esta obra, se gano la
admiraciòn de la Emperatriz Josefine, que lo nominó Compositeur
particulier; sin embargo ella no hizo nada para reprimir la oposiciòn
del Conservatoire de Parìs. En 1807, los estudiantes del Conservatoire
interrumpieron con gritos de escàndalo, la exhibiciòn de un Concert
Spirituel, compuesto para la Semana Santa.
Desde este momento, su carrera fue perseguida por disensos y
rivalidades que se reflejaron negativamente sobre su carácter. En el
1812, fue despedido de su papel de director de la ópera italiana del
Thèâtre de l'Empèratrice, aunque fue reintegrado brevemente en 1814. La
presentación de su opera Olympie en 1819, cuya culminación le ocupó
insólitamente mucho tiempo, fue un fracaso y obtuvo exito sólo después
de una larga y profunda revisión.
En 1819, sin embargo, se abrió un nuevo capitulo en su carrera, cuando
el Rey Federico Guillermo III de Prussia lo nominó jefe Kapellmeister y
director general de música en Berlìn. Este nombramiento inmediatamente
lo puso en conflicto con el Conde Brühl, superintendente del Teatro
Regio. Esta contraposición se convirtió rápidamente en una rivalidad
feroz.
La nueva versión de Olympie fue representada el 14 de Mayo del 1821 y
le procurò un exito inmediato, sin embargo destinado a durar muy poco.
El 18 de Junio del 1821, la nueva ópera de Weber, Der Freischütz,
debutó en Berlìn y reavivó el gusto alemán por un estilo operístico que
los Alemanes pudiesen declarar propio. La opiniòn pública estaba
dividida entre dos fracciones, el Partido Nacional en favor de Weber y
el Rey con su Corte, que continuaron apoyando a Spontini.
Meritoriamente, cuando Weber murió en 1826, Spontini condujo una
representación de beneficencia de Der Freischütz, para su viuda y sus
hijos; no obstante la muerte de Weber, la fama de Spontini continuaba
debilitandose.
Procurò conservar su nombramiento en la corte hasta 1842, pero el
aislamiento lo llevò a tomar resoluciones desesperadas, para preservar
su dignidad, contestando personalmente a cròticas anónimas,
incentivando adulaciones imprudentes en la prensa y haciendo todo lo
posible para censurar a sus opositores. Todo esto culminò cuando, en
respuesta a un ataque, utilizò términos tan encendidos que fue acusado
de lése-majestè y reprendido por el Rey. Su carrera se terminò y èl
dejò Berlìn fracasado.
En el 1843, había regresado a Maiolati, donde falleciò el 24 de enero
del 1851. Está sepultado en la iglesia ciudadana de San Giovanni,
debajo de un augusto monumento neo-clàsico, esculpido por Canova.
El pequeño museo Spontini, en la casa donde el músico murió, frente a
la iglesia, conserva una colección de sus manuscritos y pertenencias.
El archivo Wagner nos aporta al respecto, que La muerte de Spontini
(1851), para quien observa la evolución de la música moderna de ópera,
pone término á un fenómeno notable: el de haber sido contemporáneos los
tres compositores que representan las tres direcciones principales de
ese género artístico. Queremos hablar de Spontini, Rossini y Meyerbeer.
Spontini fue el último eslabón de una cadena de compositores cuyo
primer anillo forma Gluck; lo que quiso Gluck, lo que fué el primero en
acometer metódicamente -la dramatización más completa posible de la
cantata de ópera- lo realizó Spontini... hasta donde cabía en esa forma
musical.
En el momento en que Spontini afirmaba con sus actos y sus
declaraciones que era imposible ir más lejos que él en esa vía,
apareció Rossini, el cual, dejando á un lado completamente el objeto
dramático de la ópera, puso de relieve y desenvolvió de una manera
exclusiva el elemento frívolo y puramente sensual, inherente á ese
género. Aparte este contraste, había en el influjo ejercido por ambos
músicos esta diferencia esencial: que Spontini y sus predecesores
dirigían el gusto del público, merced á la firmeza de sus principios en
materia de arte, de suerte que ese público tenía que tomarse el trabajo
de penetrar en la intención de los maestros y adoptarla; mientras que,
Rossini, lo apartaba de esa disposición estética, cogiéndolo por su
lado flaco, por el de la pura sensualidad y la distracción á todo
precio, y le sacrificaba su preeminencia de artista, abandonando el
derecho de señalar por sí propio lo que debía agradarlo. Si hasta
Spontini el compositor dramático conservó frente al público, en interés
de una alta concepción artística, la actitud de un hombre que dirige y
da el tono, desde Rossini, y mediante él, el público se ha visto en
situación de proponer é imponer sus exigencias á propósito de la obra
de arte, y esto hasta el punto de que ahora no puede obtener ya nada
nuevo del artista, sino sólo variaciones del tema que él mismo ha
reclamado.
Meyerbeer, que en su manera derivada de la tendencia rossiniana,
adoptaba a priori por código artístico el gusto público preexistente,
procuró dejar á sus procedimientos alguna apariencia de principios y de
carácter, por consideración á cierta clase de inteligencias; además de
seguir la tendencia rossiniana, se apropió la de Spontini, falseando y
desnaturalizando las dos, como es de suponer. Sería difícil decir toda
la aversión que sintieron Spontini y Rossini por esa explotación y esa
mezcla de sus tendencias propias; si su autor hacía el efecto de un
camandulero al genio desenfadado de Rossini, Spontini veía en él al
artista que había vendido los secretos más inalienables del arte
creador.
Muchas veces, durante los triunfos de Meyerbeer, nuestra vista se
dirigía involuntariamente hacia aquellos maestros retirados, apenas
pertenecientes ya á la vida real, que vislumbraban á distancia en
aquella visión de gloria al hombre incomprensible para ellos. La figura
artística que más encadenaba nuestras miradas era la de Spontini: aquel
hombre podía considerarse con orgullo, pero sin tristeza -porque le
guardaba de ello un extraordinario disgusto del presente- el último de
los compositores de ópera que consagraron sus esfuerzos con austero
entusiasmo y noble voluntad á una idea artística, y cuyo origen se
asociaba á una época que ofrecía á los ensayos acometidos para realizar
esa idea un tributo universal de estima y de profundo respeto, á que se
unían frecuentemente el afecto y el apoyo.
Rossini, con el vigor de su exuberante naturaleza, ha sobrevivido á las
variaciones éticas de Bellini y de Donizetti sobre su tema voluptuoso,
ese plato suculento para el gusto del público, con que había agasajado
al mundo musical; Meyerbeer asiste, al par que nosotros, á sus éxitos,
que inflaman al orbe entero de la ópera, y proponen este enigma á las
reflexiones del artista: ¿ á qué categoría de las artes públicas
pertenece, propiamente hablando, el género ópera?.. Pero Spontini... ha
muerto, y con él ha bajado visiblemente á la tumba todo un grande y
noble periodo artístico, digno de un respeto profundo: ninguno de los
dos pertenece ya á la vida, sino sólo á la historia del arte...
¡Inclinémonos profunda y respetuosamente ante el sarcófago del creador de La Vestal, de Hernán Cortés y de Olimpia!